San Agustín y el taoísmo

 


San Agustín.

"Entiende para creer, cree para entender" de San Agustín, la idea que encierra es un equilibrio entre fe y razón. San Agustín está planteando una dialéctica entre dos caminos complementarios para alcanzar la verdad.

Primero, "Entiende para creer" implica que la razón es necesaria para dar los primeros pasos hacia la fe. No es una fe ciega, sino una que se basa en un cierto grado de comprensión y reflexión. 

Es un rechazo de creer sin fundamentos o sin reflexión, y más bien plantea que la fe debe ser razonable, que la mente debe tener una base sólida para aceptar algo tan trascendente como la fe en Dios.

Por otro lado, "Cree para entender" sugiere que hay ciertos aspectos de la realidad y de lo divino que sólo pueden ser comprendidos a partir de la fe. 

La razón tiene límites y, en cuestiones trascendentales, la fe abre una perspectiva más profunda para comprender lo que la razón no puede abarcar por sí sola. Según San Agustín, la fe permite un tipo de conocimiento que trasciende lo puramente racional.

En conjunto, esta frase refleja la idea de que la búsqueda de la verdad no es solo un ejercicio racional, ni exclusivamente de fe, sino que ambos deben coexistir y retroalimentarse. La razón te guía hacia la fe, pero la fe te abre puertas a comprensiones más profundas que la razón por sí sola no podría alcanzar. Es un proceso circular y evolutivo: la razón te lleva a la fe, y la fe a una razón más elevada.

Vamos a empezar por aplicar la frase a un tema concreto, como la ciencia y la fe.

En el ámbito científico, muchas veces se perciben como opuestos. La ciencia, basada en la razón, exige pruebas y evidencias empíricas para aceptar cualquier afirmación. La fe, en cambio, se asocia a una creencia sin la necesidad de esas pruebas, lo que a menudo parece una contradicción para el pensamiento científico.

Pero si tomamos la frase de San Agustín, "Entiende para creer, cree para entender", podemos reinterpretar esta relación. Desde el lado científico, "Entiende para creer" nos lleva a pensar que, para aceptar ciertas teorías científicas, necesitamos primero comprender las pruebas y los procesos que las sustentan. 

Nadie puede "creer" en la teoría de la relatividad sin antes intentar entender qué plantea y por qué se acepta en la comunidad científica.

Sin embargo, hay un punto en el que la fe se introduce, especialmente en los límites de lo que la ciencia puede explicar actualmente. En física, por ejemplo, cuando se exploran teorías que aún no han sido confirmadas empíricamente, como la teoría de cuerdas o la interpretación de los multiversos, los científicos deben "creer" en la validez de sus modelos antes de que puedan comprender completamente los fenómenos que intentan describir. 

En este sentido, la fe no es contraria a la razón, sino que es un impulso para seguir adelante cuando el conocimiento actual aún no es suficiente. Esto se alinea con el "Cree para entender" de San Agustín, en el sentido de que la fe puede empujar el entendimiento a niveles más profundos.

Si lo traemos a algo más cotidiano, podríamos ver cómo la fe en una amistad o en una relación se basa también en un entendimiento inicial. Uno "entiende" a la otra persona, reconoce su carácter, sus valores, y eso le permite "creer" en esa relación. 

UkPero, al mismo tiempo, la fe en la relación, la confianza, es lo que permite que esa conexión crezca y se profundice. Sin esa fe, el entendimiento se queda en lo superficial, en lo que simplemente es visible.

 El Taoísmo, con su enfoque en el "Tao" (el camino o la realidad fundamental), está lleno de ideas que se alinean con el “Cree para entender” de San Agustín. El Tao Te King, especialmente en sus primeros capítulos, ya nos advierte que “el Tao que puede ser nombrado no es el Tao eterno”, lo que sugiere que la razón, el lenguaje y la comprensión limitada de la mente humana no pueden atrapar completamente la verdad última. 

Es necesario, de alguna manera, "creer" en esa fuerza invisible, incognoscible, para empezar a entender el mundo de una manera más profunda.

En el taoísmo, la fe no se expresa de manera dogmática como en el cristianismo, sino que es una confianza serena en la naturaleza misma del universo. La realidad última no necesita ser comprendida para ser vivida. Lao-Tsé nos invita a fluir con la vida y a abrazar su misterio sin resistirnos a la incertidumbre. 

En ese sentido, "creer para entender" toma la forma de dejarse llevar por el Tao, de confiar en que lo que no comprendemos tiene su razón de ser.

El otro lado de la frase, “Entiende para creer”, también tiene su resonancia en el taoísmo, pero en un tono más indirecto. El Taoísmo no exige la comprensión intelectual antes de la creencia; de hecho, desconfía de los excesos de la razón. 

Sin embargo, sugiere que hay una forma de "entender" que nace de la observación de la naturaleza, del silencio y de la introspección. Este entendimiento profundo, más intuitivo que racional, nos guía hacia una confianza, una fe en el flujo de la vida, que puede ser el Tao mismo.

En resumen, el Taoísmo nos invita a una comprensión más intuitiva y serena, donde la fe no es una imposición, sino una consecuencia natural de abrazar lo que no puede ser explicado. 

La frase de San Agustín, aplicada al Taoísmo, reflejaría esa idea de que la verdadera comprensión solo viene cuando uno se deja llevar por el misterio, cuando suelta el control y la necesidad de explicaciones racionales.

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