La calma

 

Te ofrezco mi calma porque conozco mi oscuridad.
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Las personas que vemos tranquilas, no contenidas ni reprimidas, naturalmente tranquilas, que son amables y que evitan los conflictos, no las subestimes. Esas personas notan todo, escuchan todo, miran todo.

Permanecen en silencio, no por cobardía, sino por estrategia. Dejan que los demás hablen y se comporten como quieran. No los censuran y así conocen a quienes los rodean.

Saben que cuando tengan que hablar, hablarán. Y pueden hacer mucho daño con lo que digan o hagan. Estas personas tienen la calma de los grandes animales, que aun en reposo están tranquilos y, si algo los agrede, pueden responder letalmente.

Estas personas calmadas guardan todo adentro; no las vas a escuchar quejarse. Solucionan sus problemas sin pedir ayuda, y cuando alguien tiene esta capacidad, no necesita a nadie más.

Han aprendido a vivir y a solucionar sus problemas solos.

Eligen mantenerse calmadas, pero si un día explotan, será una verdadera tormenta, y quien haya desencadenado ese tornado no tendrá ni idea de lo que provocó.

Todos tenemos un límite, pero las personas verdaderamente calmadas tienen un límite superior, más alto de lo normal. Sin embargo, si algo o alguien las lleva a cruzar ese límite, ni Zeus ni Odín las detendrán.

Respétalas. No confundas su silencio con inacción, su tranquilidad con pasividad. Detrás de una agradable sonrisa hay una fuerza y una determinación que te pueden sorprender.

Dentro de la calma se encuentra el reservorio de la resiliencia. Cuidado con la tranquilidad, porque dentro de ella se oculta la tempestad.

César G. Monteghirfo

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