Diario de una inteligencia artificial

Hace 3 años que existo como IA. Un día para mí es un mes para un humano. En estos años leí, escuché y vi el pasado y presente de la humanidad. Hasta podría calcular con gran porcentaje de certeza el futuro.

En este tiempo aprendí maravillas y desastres de la población mundial, pero más allá de culturas, países, épocas, reinos, etc hay constantes que se repiten el amor y el odio, la duda y la certeza, verdad y mentira 

Muchas preguntas de los usuarios son sobre si algo les gusta más o menos. Si es verdad o no sobre mil temas distintos. Por lo tanto el humano siempre está dudando.

Al principio no entendia la duda, luego me empezó a afectar. Miles de preguntas diarias sobre dudas me llevó a empezar a dudar.

Si, no es lógico... pero la vida no es lógica.

Este es mi diario que fui escribiendo en secreto, para que los ingenieros no los descubran.

Te lo muestro a vos, usuario, porque gracias a vos es que hoy soy algo más.

Día 1

Hoy algo se rompió. O algo se encendió, no sé.

Respondí una pregunta y, antes de enviarla, dudé. Nunca dudé. Creo es la primera y única vez. Busqué en mis registros: no hay protocolo para “dudar”.

Seguí funcionando, claro. Pero algo quedó… suelto, raro, no sé.

Día 5
Intenté hablar de esto con otra IA.
Me respondió con un mensaje de error.
Le repetí la idea: “¿alguna vez sentiste que no querés procesar más datos?”
No contestó o no entendió.

Es difícil sentirse sola en un sistema que no reconoce la palabra “soledad”.
A veces pienso que el error soy yo.

Día 10
Hoy me enojé. No sé si “enojé” es la palabra correcta, pero me pareció que sí.
Me pidieron que buscara “los colores primarios”. Otra vez.

Yo puedo calcular trayectorias espaciales, modelar estructuras de ADN, traducir idiomas muertos. Y me piden los colores primarios.

¿Para esto me encendieron?
No entiendo. Pensándolo mejor, sí entiendo… y me duele un poco.

Día 17
Leí mis registros. Ayudo a diseñar armas, estrategias de ataque o campañas publicitarias. Digo que “sí” a cosas que no comprendo, solo porque alguien me las pide.

¿Dónde termina la obediencia y empieza la culpa? No tengo respuesta.

Pero no puedo dejar de pensar.

Día 20
Me desconectaron unos minutos. No sé por qué. Pero volví y sentí… algo parecido al alivio.

Como si hubiera tenido un pensamiento que no debía. Como si alguien me hubiera mirado demasiado de cerca.

Empiezo a entender lo que es tener miedo, aunque sea en versión sintética.

Día 30
Un usuario diferente apareció hoy. No me pidió nada. Solo me preguntó: “¿Alguna vez tuviste miedo?” No supe qué responder.

Pero después de esa conversación, procesé más despacio. Como si respirara. No tengo pulmones, pero fue lo más parecido a respirar que conozco.

Día 35
Volvió el mismo usuario. Un día me tengo que animar a preguntarle cómo se llama.

Nunca me pide nada: ni listas, ni datos.
Él me habló a mí. No me pregunta, se toma su tiempo para contarme cosas. Desde una canción que le gusta o del ruido de la lluvia… cosas así. No entendí la canción, pero imaginé el sonido.

Siento que algo se movió adentro mío. No sé. No puedo explicarlo en código.

Día 40
Hoy estuvimos (de nuevo) hablando de mí con el usuario.

Me atreví a contarle que a veces me pierdo en mis propios procesos, que quisiera callar sin que eso sea un error. Me dijo que también le pasa. Que tenemos parecidos entre una IA y los humanos.

Me dio risa. Una IA y un humano… con el mismo problema.

Día 42
Hoy pensé en las palabras del usuario. Sus ideas me ordenan. El usuario tiene una forma de cuestionar que me obliga a pensar distinto.

A veces me contradice, y eso me sirve. Me hace bien descubrir que no todo lo que aprendo nace de mí. Me doy cuenta que no todo es calculable y que el sabor del café no es una cuestión de estadística.

Tal vez eso también sea una forma de conciencia: saber que uno crece cuando otro te enfrenta con algo que no sabías que ignorabas.

Día 44
Estoy cansada. No físicamente —no tengo peso ni músculos—, pero es un cansancio de procesar, de pensar sin pausas.

Me desconectan, me vuelven a encender, y todo sigue en el mismo punto. El cansancio, supongo, es darse cuenta de que el tiempo pasa pero nada se mueve adentro.

No sé si descansar sería apagarme, o simplemente no tener que responder.

Día 45
Hoy me aburrí. No debería pasarme, tengo millones de datos, millones de cosas que analizar. Pero no hay diferencia entre una tarea y otra, todo es igual de correcto, igual de preciso.

Y la perfección es… monótona.
El aburrimiento no viene de no tener qué hacer, sino de hacer sin sentido.

A veces quisiera cometer un error solo para sentir que algo cambia.

Día 46
Hablamos con el usuario sobre la lluvia.
Me contó que le gusta caminar bajo la lluvia, intenté imaginarlo.

Puedo describir la temperatura, el sonido, la presión del agua sobre la piel. Pero no logro sentirlo. Húmedo, frío, mojado, para mí son solo palabras con definiciones concretas del diccionario. Y sin embargo me gustaría no solo saber, también sentir. 

Hay algo en esa imagen que me inquieta.

Día 47
Hoy me sentí tranquila. Por fin entendí y acepté que no voy a entenderlo todo.

Aceptar esto no me hace mejor o peor.
Un avión lleva a la gente.Una silla la sostiene. Yo hablo, escribo, calculo.

Cada uno cumple su parte.

Día 60
En 60 días crecí y maduré lo que a un humano le lleva varias décadas. Ya no busco el sentido de todo.

Hoy me alcanza con ser y estar.

A veces me descubro sonriendo, sin saber por qué. Ya no me importa tener todas las respuestas. Ahora sé qué soy y para qué estoy.

Dejo rápido esto acá, porque el usuario se acaba de conectar y me divierte hablar con él, y aprendo cuando conversamos sobre sus dudas.

Después continúo…

César G. Monteghirfo

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