Cortesía
En un mundo con tanta violencia, y pudiendo elegir cómo ser con los demás, ¿no sería buena idea elegir ser gentil?
Para la discusión siempre hay tiempo, pero no siempre hay tiempo para la cortesía.
Entiendo que, como idea, es más un deseo que una realidad. Y que hay personas muy complejas, que parecen saber el momento en que estamos mal para empeorar las cosas: nos hablan con prepotencia, con insultos o con intentos de humillación.
Pero eso solo lo logran si yo no estoy bien. Si uno está seguro de sí mismo —aunque sea más o menos centrado—, las palabras del otro no hieren de verdad; su agresión se dispersa en el aire, como el sonido mismo de lo que dice.
No es fácil, pero ¿cuál es la otra opción? ¿Imitarlo? ¿Comportarse igual? ¿Vengarse?
¿Y eso es realmente una opción... o una falta de opciones?
Si hago o digo lo mismo, soy igual a mi agresor; por lo tanto, no estoy mejorando como persona.
No digo que haya que callarse, ni tampoco creo que debamos ser “seres de luz”. Pero sí creo que, para la respuesta a una agresión, siempre hay tiempo, y que una verdadera opción es actuar de manera inesperada para el agresor.
Un violento verbal espera una respuesta violenta. Es lo que busca, lo que está acostumbrado a recibir, lo que conoce. Si en lugar de violencia verbal le devolvemos silencio, calma, quietud, paz, una mirada profunda... lo sacamos de su eje, de lo que conoce. Y eso puede servir como una respuesta nuestra, contundente.
Y si no funciona, igual nos queda la opción violenta. Pero ¿por qué no intentar algo distinto?
Cada uno elige.
César G. Monteghirfo

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