Aprender a volar
Esta es la historia de un niño que, mientras sus amigos de la misma edad se distraen con pantallas, él se abstrae mirando cómo el viento y las hojas caídas en la calle juegan juntos, formando pequeños remolinos. Un día, el niño conoció al viejo. El viejo era alguien que no se movía, se intuía que respiraba. Era como una montaña. El viejo siempre estaba quieto y en silencio. El viejo no hablaba con quienes le hablaban; él hablaba con quienes hacían silencio a su lado. Un día, después de tanto ir en silencio, el viejo le empezó a enseñar al niño. Y así pasó el tiempo: hablaban del bambú que se dobla, pero no se quiebra; del ceder y avanzar; de la vida y sus altibajos. Así cambió el clima y volvió a cambiar. Una primavera, dos primaveras, tres primaveras y continuó. Hasta que un día el viejo se movió; lo inamovible se trasladó. Abrió la ventana de su casa y con una mínima brisa que entró, el viejo se elevó del suelo y salió volando. Mientras su alumno lo veía, el viejo surcó el cielo...
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