La vida de un perfeccionista

La vida no es como queremos que sea. La vida es. Y uno hace lo que puede con esa realidad.

Hay cosas que, teóricamente, no deberían pasar, pero pasan. Y en la foto hay algunos ejemplos:

  1. Un tigre disfrutando un baño en el mismo estanque que un patito.
  2. En las fotos blanco y negro, se muestra una zona donde cayó la bomba atómica de Hiroshima, con una gran destrucción, pero con algunos árboles aún en pie. Y al lado, esos mismos árboles florecidos, años después.

Y la vida es así: inesperada, ilógica, incontrolable, incoherente, inestable.

Por eso sufre tanto el perfeccionista. Porque nunca todas las piezas encajan. No siempre podemos completar el rompecabezas. Y eso, a las personas de ideas rígidas e intransigentes, las aturde, las sobrepasa. Y, para empeorar la situación, a la vida eso no le importa.

Hay personas que sufren si la cama no está “bien” hecha o si el postre no les quedó como siempre. Es literal: sufren. Aunque a la mayoría nos parezca algo menor, algunos necesitan tener cierto control sobre lo cotidiano, que no todo sea tan inestable. Si el tren pasa siempre a la misma hora, ¿por qué no podría llover solo los jueves, de 16 a 17 horas?

Y al rígido, perfeccionista y detallista no le sirve que le digas que la perfección no existe, o que tal cosa no es tan importante. Porque él lo verá como un fracaso.

Lo paradójico del perfeccionista es que sufrirá mientras las cosas no le salgan como quiere, pero también sufrirá si un día consigue la perfección en algo, porque sabe que no lo podrá repetir.

No sé si mi forma de ver la vida es mejor —muy posible que no lo sea—, pero elijo disfrutar cuando llueve y cuando hay sol.

Cada uno elige.

César G. Monteghirfo

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