El blanco invisible
Kenso Awa (1880 - 1939)
Un día que el Maestro Kenzo Awa explicaba que el Arte del tiro con arco consiste en dejar partir la flecha sin intención de triunfar, en tirar sin apuntar, su discípulo europeo Herrigel no pudo impedirse decir:
—En ese caso, ¿usted sería capaz de tirar con los ojos vendados?
El Maestro posó largamente su mirada sobre él… antes de darle una cita para esa misma noche.
Ya había oscurecido cuando Herriguel fue introducido en el dojo. El Maestro Awa le invitó primero a un cha no yu, una ceremonia de té que él mismo ejecutó. Sin decir una palabra, el anciano Maestro preparó cuidadosamente el té y lo sirvió con una infinita delicadeza. Cada uno de sus gestos se desenvolvía con la precisión y la belleza que sólo una gran concentración puede dar. Los dos hombres guardaron silencio para saborear cada instante de este armonioso ritual. Un instante de eternidad, como dicen los japoneses.
El Maestro atravesó a continuación el dojo, seguido de su visitante, para situarse frente al recinto en el que se encontraban los blancos, a 60 metros de allí. En recinto de los blancos apenas estaba iluminado, sus contornos casi no se divisaban.
Siguiendo las instrucciones del Maestro, Herrigel fijó allí un blanco sin encender la luz.
A su vuelta, vio que el anciano arquero estaba preparado para la ceremonia del tiro con arco. Después de haber saludado en dirección al blanco invisible, el Maestro se deslizó como si resbalara sobre el suelo. Sus movimientos se sucedían con la lentitud y la fluidez del humo que evoluciona suavemente en el viento. Los brazos se levantaron, después bajaron.
El arco se tensó tranquilamente hasta que la flecha partió bruscamente, hundiéndose en la oscuridad. El Maestro permaneció inmóvil, con los brazos suspendidos, como si acompañara la flecha hacia su destino desconocido, como si el tiro continuara en otro plano.
Después, de nuevo, el arco y la flecha danzaron en sus manos. La segunda flecha zumbó a su vez y fue tragada por la noche.H errigel se precipitó a alumbrar el recinto, impaciente por ver dónde se habían clavado las flechas.
La primera estaba en el corazón del blanco. La segunda estaba justo al lado, ligeramente desviada por la primera a la que había tocado y arrancado varios centímetros de bambú.
Al volver con el blanco, Herrigel felicitó al Maestro por su proeza. Pero éste replicó:
—El mérito no me pertenece. Esto ha sucedido porque he dejado que "algo" actúe en mí. Es este "algo" lo que ha permitido que las flechas se sirvan del arco para unirse al blanco.
Esta pasmosa proeza es contada por el profesor Herrigel en su libro "El Zen y el arte de los arqueros japoneses", en el que relata también su difícil aprendizaje de kyudo durante los seis años que pasó en el Japón.
E. Herrigel
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