Ayer igual que hoy

No importa cuánto retrocedamos en la historia, vamos a encontrar muchas similitudes con nuestra vida hoy.

Siempre hubo amores y amantes, engaños, ambiciones, deseos (de los puros e impuros). También siempre hubo gente graciosa y otra que no, siempre hubo gordos y delgados, amigos y traicioneros.

Lo podemos comprobar desde los mitos griegos, con todas las venganzas e infidelidades que cometían entre ellos. También podemos verlo en la historia de los apóstoles de Jesús y muchos ejemplos más que, por ser tan cotidianos, nadie registró. Pero desde siempre los humanos tuvimos problemas e inseguridades que enfrentar.

La diferencia y gran ventaja que tenían antes y que ahora no tenemos, es que las filosofías estaban a pie de calle.

Los cínicos iban casa por casa golpeando las puertas, y a quien les abría, le decían en qué se estaba equivocando en su vida. Los peripatéticos caminaban por la ciudad y cualquiera se podía unir a esas caminatas tanto para escuchar como para discutir sus ideas. A Buda lo seguían más de 500 personas que hablaban con él. Jesús iba con sus discípulos de pueblo en pueblo. Lao Tse escribió, en un día, el Tao Te King porque se lo pidió un soldado. Y toda esta gente no divagaba, sino que filosofaba. Todo lo que decían era práctico, cotidiano, común.

Entonces, los pueblos antiguos tenían a la sabiduría y a los sabios en sus calles, sea para discutirlos o para escucharlos.

Por lo tanto, algo que se pensó hace 3000 años sirve para hoy, y para dentro de 1000 años más también.

Hoy no tenemos nada de eso. Nos vestimos con ropa que no se moja, viajamos más veloz, tenemos dentistas, pero seguimos sufriendo los mismos miedos, angustias y dudas que hace 10.000 años.

Actualmente no se enseña filosofía, se enseña a hablar rebuscado, complejo, para que esas enseñanzas solo queden para unos pocos.

Tal vez, si leyéramos más filosofía, necesitaríamos menos antidepresivos, terapias y psicólogos.

Habría que probar. ¿Te animás?

César G. Monteghirfo

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