El ego
¿Qué es el ego? ¿Dónde se aloja? ¿Tiene una medida?
El ego, en muchos enfoques espirituales como el budismo, es algo a controlar, algo que nos arrastra y nos hace decir o hacer cosas que no queremos. Los monjes hablan de aprender a dominarlo, como si fuera una fuerza independiente. Pero, ¿se puede aplicar esta enseñanza en la vida cotidiana, en la “selva de cemento”? En la vida real, ¿deberíamos intentar controlar completamente el ego, o simplemente gestionarlo?
Desde una perspectiva más cotidiana, el ego no es algo malo en sí mismo. Es una herramienta de la mente, como el miedo o la alegría, que utilizamos según el momento. Su “tamaño” depende de nuestra educación y experiencias: los profesores, amigos, desamores, trabajos, etc. Son estos eventos los que forman el ego y lo activan cuando nos enfrentamos a situaciones difíciles.
El ego no es necesariamente malo. Tener mucho o poco ego no es bueno ni malo per se. Lo que importa es saber cuándo y cómo usarlo. Por ejemplo, afirmar con seguridad que uno sabe sobre un tema, ¿es ego? No tiene por qué serlo si se hace con humildad. A veces, la acusación de tener “mucho ego” en una discusión no es más que un intento de defendernos cuando nos quedamos sin argumentos.
En la sociedad, es más fácil pasar desapercibido, ser humilde y no ser criticado. Pero quienes tienen “mucho ego” son los que marcan la diferencia, para bien o para mal. Son aquellos que, al exponerse, reciben tanto aplausos como críticas.
El ego, como el miedo o la alegría, tiene su lugar. Algunos, como los monjes, intentan trascenderlo por completo, pero no todos buscamos esa vida. En la vida cotidiana, el ego es simplemente una parte de lo que somos, algo que manejamos según lo que necesitamos y según lo que hemos aprendido a lo largo de nuestras vidas.
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Que todo sea para bien. Y gracias por leer.
César G. Monteghirfo

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