Ensayo sobre Sidharta de Hesse

Herman Hesse escribió Sidhartha y no es la vida del Buda. Es otra cosa.

Siddhartha es una novela escrita en 1922 por Hermann Hesse, un escritor europeo atravesado por crisis personales, espirituales y culturales muy propias de su época. No es un monje, ni un maestro oriental, tampoco un predicador. Y eso importa, porque el libro no es un texto religioso ni una biografía sagrada, aunque use nombres y referencias que vengan de ahí.

El protagonista del libro se llama Siddhartha. No es un nombre inventado. Siddhartha Gautama fue el nombre del Buda histórico.

Y además, como en la historia del libro, tiene un amigo, Govinda. Y salen juntos de su casa, abandonan una vida cómoda, se meten en una búsqueda espiritual, pasan por ascetas, por maestros, por renuncias. En si, Hesse relata la vida del siddhartha de su novela haciendo un paralelo con la historia de Siddhartha el Buda.

Para ubicar un poco: el Siddhartha histórico, Siddhartha Gautama, fue un príncipe que abandonó su vida de privilegio, buscó respuestas al sufrimiento humano, pasó por distintas prácticas espirituales, rechazó los extremos (tanto el lujo como el ascetismo), y finalmente alcanzó la iluminación, convirtiéndose en el Buda. 

A partir de ahí enseñó, formó discípulos y dio origen a una tradición filosófica enorme. Esa es, muy resumida, la historia que más o menos todo el mundo conoce.

Hasta ahí, cualquiera puede pensar que está leyendo una versión novelada de la vida del Buda. Pero el libro no se queda ahí. Y ahí empieza el problema —o lo interesante, según cómo se mire.

Ahora bien: Siddhartha, la novela, no cuenta eso.

En el libro, el protagonista Siddhartha se cruza con el Buda ya iluminado, ya rodeado de discípulos. Con Gautama Buda, directamente. Y ese encuentro es uno de los momentos centrales del texto.

Y Siddhartha hace algo que, si uno está leyendo esperando una biografía, no tiene ningún sentido: decide no seguirlo. No lo discute. No dice que esté equivocado. Al contrario: Siddhartha (personaje de novela) reconoce que la doctrina de Buda es perfecta. Pero aun así no lo sigue. Dice que no puede aprender eso de otro.

Ese gesto solo ya alcanza para descartar la idea de que el libro sea “la vida del Buda”. Si fuera eso, el texto se estaría contradiciendo a sí mismo.

A partir de ahí, Siddhartha sigue su camino por otro lado. Y ese camino no es “más espiritual”, ni más puro. Es más humano, más mundano. Conoce a Kamala, aprende del deseo, del amor, del cuerpo. Se vuelve rico. Se vuelve comerciante. Se cansa. Se vacía. Se hastía. Se pierde. No como un error pasajero, sino como una experiencia prolongada. Vive años que no tienen nada de iluminación ni de enseñanza elevada.

Mientras tanto, Govinda —el amigo— sí sigue al Buda. Se vuelve discípulo. Aprende. Escucha. Permanece dentro de la doctrina. Y durante mucho tiempo, pareciera que él eligió mejor.

El libro avanza así hasta que Siddhartha, ya viejo, ya cansado, ya sin ambiciones, se queda a vivir junto a un río, trabajando como barquero con Vasudeva. Y es ahí donde alcanza una comprensión profunda: no como doctrina, sino como experiencia. No como algo que se pueda explicar, sino como algo que se vive.

Hacia el final, Govinda se reencuentra con Siddhartha. Y reconoce en él la misma sabiduría que buscó toda su vida siguiendo enseñanzas. Ese cierre no es casual: el que siguió y el que no siguió llegan, de algún modo, al mismo lugar.

Hasta acá, el resumen honesto del libro.

Ahora viene la lectura que a mí me empezó a hacer ruido.

Si Hesse quería contar simplemente la historia de “un hombre que no siguió al Buda”, no hacía falta llamarlo Siddhartha. No hacía falta replicar tantos elementos biográficos. No hacía falta que se encontraran. Podía haberlos mantenido separados. Podía haber evitado el choque frontal. Pero no lo hizo. Al contrario: los hizo coincidir.

Y no de cualquier manera, sino en un diálogo casi incómodo, sin conflicto dramático, sin ganadores ni perdedores. Siddhartha no le dice al Buda “estás mal”. Le dice algo mucho más inquietante: que lo que enseña no puede transmitirse como enseñanza.

Ahí aparece una posibilidad de lectura distinta: ¿y si Siddhartha pudiera leerse como un diálogo interno? ¿Como si el Buda —ya convertido en maestro— se mirara a sí mismo?

En ese marco, el Siddhartha que no sigue al Buda no es un ignorante ni un rebelde. Es la parte que entiende que ninguna enseñanza puede reemplazar el camino vivido.

Con esta lectura, como si Buda habla con él mismo. El libro deja de ser un “relato inspirador” y se vuelve una reflexión autocrítica del Buda.

¿Quiso Hesse decir exactamente esto? No lo sé. El texto no lo declara. Pero tampoco hace nada para impedir esta lectura. Al contrario: la sostiene con nombres, escenas, encuentros y simetrías demasiado precisas como para ser puro azar.

Y, sobre todo, explica por qué Siddhartha no termina con una enseñanza, ni con una religión, ni con una verdad formulada, sino con una experiencia compartida, silenciosa, imposible de resumir.

Por eso, decir que Siddhartha es la vida del Buda es incorrecto y, además, es perderse lo más interesante del libro. 

Porque lo que está en juego no es cómo iluminarse, sino qué se pierde cuando la experiencia se vuelve palabra, y que para llegar a ciertos niveles de sabiduría no hay un único camino sino que cada uno elige el suyo.... Aunque no todos llegan.

César G. Monteghirfo

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