Cambiar de peinado, no es CAMBIAR

 

Muchas veces nos confundimos y creemos que un cambio de aspecto es suficiente. Entonces nos compramos ropa nueva o nos teñimos el pelo. Pero al poco tiempo vuelve a suceder lo mismo: el supuesto cambio no mejora nuestras vidas.

Para los cambios personales no existen fórmulas que sirvan para todos y para siempre. La vida no tolera esquemas rígidos. No es física ni matemática: la vida es la vida. Lo que a los 20 años nos sirve, a los 50 puede no servirnos… o sí, pero nunca hay garantías.

Si tuviéramos que resumir una posibilidad real de cambio en una sola frase, sería esta:
siempre conviene mirar más el cómo que el qué.

El “qué” es lo que hacemos: los libros que leemos, la ropa que usamos, el trabajo que tenemos, las decisiones visibles que tomamos.

El “cómo” es desde dónde hacemos todo eso: cómo leemos, cómo hablamos, cómo usamos nuestro tiempo, cómo nos relacionamos con lo que elegimos y con los demás.

El problema no suele estar en el qué. Dos personas pueden hacer exactamente lo mismo y obtener resultados completamente distintos. La diferencia casi siempre está en el cómo: en la actitud, en la manera, en el lugar interno desde el que actuamos.

No está mal hacer cambios externos si sentimos que los necesitamos. Pero los cambios importantes requieren tiempo, compromiso y esfuerzo, porque pasamos muchos años repitiendo un mismo personaje. Y cambiar no ocurre de inmediato, por más convencidos que estemos.

Tenemos una especie de ADN de comportamiento, formado por miles de detalles que se fueron fijando mientras crecíamos. Eso explica por qué somos como somos. Cambiarlo es posible, pero no es automático ni superficial.

Por eso, antes de cambiar una vez más el “qué”, conviene detenernos a mirar el “cómo”.

Porque mientras el modo en que hacemos las cosas siga siendo el mismo, la vida tiende a repetirse, aunque cambien los escenarios.

César G. Monteghirfo

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