Amanecer y atardecer en la city
Esto fue una vivencia real. Y este texto está dedicado a él:
Salgo de mi casa a las 4:30 de la mañana y vuelvo a las 23:00, los siete días.
4:30 de la mañana es tan temprano que es tarde. Si a esa hora se saluda a otros diciendo "buenas noches", nadie se asombra.
Esta circunstancia me permite ser testigo de que muchos otros también lo son, pero mi pequeño "sociologoantropólogoarqueólogofilósofo" interior me lleva a fijarme en detalles que a otros no les importan, les aburren o no les parecen una novedad y pasan por alto.
En ese horario, en la calle están algunos que trabajan de noche, los que están yendo a trabajar y otro montón de personas que viven en la calle (viven, comen, duermen, venden, compran, muestran, piden, exigen, amenazan, beben, roban, mean, etc.).
A medida que el sol ilumina la ciudad y las horas pasan a ser más "normales", las calles se empiezan a llenar de autos, motos, ruidos, zapatos lustrados, trajes hechos a medida, algunas camisas que abrochan justito, pero aún abrochan. Taxis y úberes frenan en seco frente a algún edificio, tacones de paso apresurado, y toda una fauna de gente igual a la que duerme en la calle, pero no igual en su apariencia. Y eso, hoy y desde hace muchos siglos, marca una diferencia.
Los bonitos son los que llegaron o al menos se mantuvieron. Los otros son los otros; esos que están ahí.
La cuestión es que soy un protagonista de la película de la vida y puedo observar esa mutación de la ciudad, de oscura, intranquila, silenciosa a iluminada, apresurada y ruidosa.
Lo interesante, para mí, es que los actores matutinos y vespertinos que entran en escena no desplazan a los actores nocturnos, sino que conviven en el mismo escenario de la vida. Aunque, al ser tantos los matutinos, tener celulares brillantes y ropa elegante, distraen la vista del hambre, necesidades, pobrezas, locuras, adicciones, miedos que tiene el actor nocturno.
Y cuando llega el atardecer, donde los brillos, bocinas y apuros van desapareciendo, se vuelve a notar al que habla solo, al de la muleta, a la que empuja un carrito lleno de ropa vieja, a la señora con unas protuberancias en la cara, al que no tiene ni brazos ni piernas.
Y entre todos ellos está él, vestido con un saco tres talles más grande que su tamaño, sin camisa ni camiseta, sin nada, casi calzado, con unos 70 años de edad y 2000 años de vida.
Está él caminando lento, con una mano extendida mostrando algo, como si fuera un dibujo pintado con algo como si fueran crayones.
Supongo que pretende que alguien se lo compre por algún precio... el precio del hambre, la soledad, la locura, el frío, el miedo... el precio de la vida del que no "llega".
Pero él lo sigue intentando.
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César G. Monteghirfo

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