A la vida no le importan tus planes
A vos que te gusta planear todo y pretendés que nada quede en manos de lo aleatorio, la incertidumbre o la incógnita.
Pensá muy bien cada una de estas preguntas:
¿Vos decidiste nacer? ¿Decidiste el país donde naciste?
¿Pudiste elegir a tus padres?
¿Decidiste a la escuela que fuiste, el idioma que hablás, la creencia que tenés?
¿Fue elección solo tuya de quién te enamoraste?
¿Vos decidís a qué hora tenés hambre o de qué te enfermás? ¿También decidís sentir frío o calor?
¿Decidís quedarte pelado de joven o tener alguna marca en la piel?
¿Acaso decidís cuándo alguien te traiciona?
¿Pudiste elegir tener buena salud o el día en que te enfermás?
¿Podemos elegir qué día morir?
No decidimos nada de eso y es mucho más lo que no elegimos. Un día nacimos y listo, nos dicen: "Bienvenidos a la vida."
A la vida no le importan nuestras agendas, ni nuestros caprichos, y tampoco le importan los miedos que tenemos, las necesidades, las prisas y prioridades. No le importa nada. La vida tiene su propio plan y uno debe aprender a surfear el tsunami.
Algunas pocas cosas pueden tener algo de orden, pero solo a muy corto plazo. Lo que podés planear no son situaciones realmente importantes. Ir al dentista, ir al cine, buscar ciertos trabajos, etc. Y esas decisiones también están limitadas. No podés decidir leer un libro si no sabés leer, ni hacer ciertas cosas porque son ilegales.
Por eso, incluso en las cosas que podemos elegir, estamos limitados.
Por lo tanto, aprendamos a disfrutar igual, tanto cuando todo sale bien como cuando todo sale mal. Esto sí lo podemos elegir. ¿Cómo tomarnos los imprevistos permanentes de la vida?
Mientras estemos vivos, los planes que hacemos cambiarán mil veces. Luego de muertos, ya no hay nada que preocuparnos. Solo habrá un plan: alimentar a los insectos.
Y ya que en esta ocasión podemos decidir, queda en cada uno: ¿Elegimos sufrir cada vez que un plan no se cumple, o nos relajamos? Y aprendemos que lo bueno y lo malo son parte de la vida y que no existe la perfección.
Esta vez sí, la opción es tuya.
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César G. Monteghirfo

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