Todos somos politeistas

 

Todos creemos en muchos dioses, incluso los ateos.

Al principio creímos en las fuerzas de la naturaleza: el sol, el viento, la lluvia, la luna, etc.

Luego creamos dioses con características humanas, tan humanos que eran vengativos, ambiciosos, infieles. Los colocamos en el Olimpo y en otros lugares.

Después de eso, pasamos al monoteísmo: un solo Dios, más poderoso que todos los demás.

En esa etapa de transición del politeísmo al monoteísmo hay algo curioso: cuando la mayoría del mundo conocido era politeísta, los monoteístas eran los herejes. Cuando el monoteísmo se impone en la sociedad, los politeístas pasan a ser los herejes.

Es decir, la idea de herejía cambiaba según la conveniencia.

Este es un buen ejemplo del falso comportamiento humano, pero ese es otro tema.

Con el tiempo, el monoteísmo se impone en buena parte de las sociedades y, digamos que hoy, casi ni se habla de la existencia del politeísmo.

Sin embargo, hoy en día las personas endiosan ciertas ideas y las convierten en su modo de vida.

Sus principios y objetivos pasan por esos otros «dioses» y condicionan sus amistades, parejas, viviendas, vestimentas. Condicionan todo de acuerdo con ellos.

Y no son dioses menores, ya que todo está dispuesto para ellos.

Cuando digo todo, no exagero. Es cuestión de mirar al costado y observar.

Las personas les rinden culto, se sacrifican, los adoran.

Estos dioses son: el poder, el dinero, el sexo, la envidia, la soberbia, la infidelidad, la ignorancia, la avaricia, la lujuria, el engaño, el odio, el miedo, las adicciones y varios más.

En los últimos 100 años, si alguien dice que prefiere seguir un camino de humildad, castidad, silencio, introspección o estudio, está mal visto.

Hoy ser así es ser un perdedor.

Se promociona ser exitoso, famoso, vivir al límite y, si te sentís mal, te tomás una aspirina y podés seguir.

«Vivir rápido y morir joven» es una frase que resume bastante bien esa idea.

Hasta los ateos creen en estos «nuevos dioses». Se discute por ellos y se vive por ellos.

La próxima vez que te pregunten si creés en algún Dios, pensá bien qué vas a responder.

Porque todos, hasta el más santo de los santos, en algún momento cae del lado de alguno de estos «nuevos dioses».

Y les digo «nuevos dioses» por llamarlos de alguna manera, porque, de hecho, son tan antiguos como la humanidad.

Pero desde el siglo XX han crecido mucho, marcando presencia incluso en lugares sagrados.

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