Quejas

 

¿Cuántas veces al día nos quejamos de otras personas?

Del novio o la novia, del esposo o la esposa, del jefe, del amigo, del vecino y, en general, de los demás.

¿Y cuántas veces nos preguntamos qué responsabilidad tenemos nosotros en aquello de lo que nos quejamos?

Muchas veces nos quejamos de un jefe que nos humilla, de una pareja que no nos tiene en cuenta o de un vecino que abusa de nuestra paciencia.

El comportamiento del otro es responsabilidad del otro. Pero hay otra pregunta que también deberíamos hacernos: ¿por qué seguimos ahí?

Aceptamos esa pareja. Aceptamos ese trabajo. Seguimos viviendo en ese lugar. Continuamos relacionándonos con esa persona.

Nadie debería maltratarnos. Eso está claro.

Pero tampoco vivimos en un mundo ideal. El jefe puede ser una mala persona, la pareja puede ser egoísta y el vecino puede ser insoportable. No siempre podemos cambiar al otro. Lo que sí podemos intentar cambiar es nuestra respuesta frente a aquello que nos hace daño.

Podemos poner límites. Podemos hablar. Podemos denunciar. Podemos alejarnos. Podemos renunciar. Podemos terminar una relación.

No siempre es fácil. Y muchas veces tampoco es posible hacerlo inmediatamente. Hay necesidades económicas, hijos, responsabilidades, miedo, dependencia y cientos de razones que pueden hacer que una persona permanezca en una situación que le hace daño.

Pero entonces debemos reconocer algo: permanecer también es una decisión, aunque sea una decisión condicionada y difícil.

Si decido conservar un trabajo porque necesito el sueldo, puedo aceptar que ese trabajo tiene un costo. Si decido continuar una relación porque considero que sus aspectos positivos compensan determinadas dificultades, también estoy tomando una decisión.

Lo importante es dejar de confundir dos cosas diferentes: que el otro sea responsable de lo que hace y que nosotros seamos responsables de lo que hacemos frente a eso.

El león no deja de ser responsable de atacar porque el ciervo no pueda defenderse. Pero el ciervo tampoco puede esperar que el león se transforme en herbívoro.

Si camino descalzo por la calle, no puedo exigir que alfombren toda la ciudad para proteger mis pies. Tengo la posibilidad de ponerme zapatos.

De la misma manera, si elijo permanecer en un lugar o junto a una persona que me hace daño, no puedo pasar toda la vida quejándome de que esa persona no cambia.

A veces tendremos que aceptar las consecuencias de nuestras decisiones.

Y otras veces tendremos que tomar una decisión diferente.

Quizás la pregunta no sea solamente:

“¿Por qué el otro es así?”

Quizás también deberíamos preguntarnos:

“¿Por qué yo sigo permitiendo que esto forme parte de mi vida?”

No te quejes tanto de cómo es el otro.

Preguntate más qué estás haciendo vos con eso.

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