LA PARTIDA (extracto) K. Gibran

 

Y era ya la noche. 

Y Almitra, la profetisa, dijo: Sea bendecido este día y este lugar y tu espíritu que ha hablado. 

 Y él respondió, Fui yo el que habló? No fui también uno de los que escucharon? 

 Descendió, entonces, las gradas del Templo, y todo el pueblo lo siguió. Y él llegó a su barco y se irguió sobre el puente. 

 Y, mirando de nuevo a la gente, alzó la voz y dijo: 

 Pueblo de Orfalese: el viento me obliga a dejaros. No tengo la prisa del viento, pero debo irme. 

 Nosotros, los trotamundos, buscando siempre el camino más solitario, no comenzamos un día donde hemos terminado otro. Viajamos aún cuando la tierra duerme. 

 Breves fueran mis días entre vosotros y aún más breves las palabras que he dicho. Pero, si mi voz se hace débil en vuestros oídos y mi amor se desvanece en vuestra memoria, entonces, volveré. 

 Sí, he de volver con la marea. 

 Y, aunque la muerte me esconda y el gran silencio me envuelva, buscaré, sin embargo, nuevamente vuestra comprensión. 

 Y mi búsqueda no será en vano: 

 Si algo de lo que he dicho es verdad, esa verdad se revelará en una voz más clara y en palabras más cercanas a vuestros pensamientos. 

 En la quietud de la noche he caminado por vuestras calles y mi espíritu entró en vuestras casas,  Y los latidos de vuestro corazón estuvieron en mi corazón y vuestro aliento se posó en mi cara y os conozco a todos. Y, a menudo, fui entre vosotros como un lago entre montañas:  Reflejé vuestras cumbres y vuestras laderas y aun el pasar de vuestros pensamientos y vuestros deseos, en manadas. Y vino a mi silencio el reír de vuestros niños en torrentes y los anhelos de vuestra juventud en ríos. 

 Se os ha dicho que, como una cadena, sois tan fuertes como vuestro más débil eslabón. 

 Eso es sólo una verdad a medias. Sois también tan fuertes como vuestro eslabón más fuerte.

Mediros por vuestra más pequeña acción es como calcular el poder del océano por la fragilidad de su espuma.

Juzgaros por vuestras fallas es como culpar a las estaciones por su inconstancia.

 No penséis que yo os hablo así para que os digáis el uno al otro: “Nos alabó. No ha visto más que lo bueno que hay en nosotros.”  Sólo os digo yo en palabras lo que vosotros mismos sabéis en pensamiento.

 Vuestros pensamientos y mis palabras son ondas de una memoria sellada que guarda el registro de nuestros ayeres. 

 Y de los antiguos días, cuando la tierra no nos conoció ni se conoció ella misma. 

 Y de las noches cuando la tierra estuvo atormentada en confusión. 

 Sabios vinieron a vosotros a daros de su sabiduría.  Y he aquí que he hallado lo que es más grande que la sabiduría misma. Es un espíritu ardiente en vosotros que junta cada vez más de él mismo.

Mientras vosotros, ausentes de su expansión, lloráis el marchitar de vuestros días. Es la vida en busca de vida en los cuerpos que temen la tumba. No hay tumbas aquí. 

Estas montañas y llanuras son una cuna y un peldaño. Cada vez que paséis cerca del campo, donde dejasteis a vuestros antecesores reposando, mirad bien y os veréis vosotros mismos y veréis a vuestros hijos danzando de la mano. En verdad, os divertís a menudo sin saberlo. 

Otros han venido a quienes, por doradas promesas hechas a vuestra fe, habéis dado riquezas y poder y gloria.

Menos que una promesa os he dado yo y, sin embargo, has sido más generosos conmigo. 

 Me habéis dado la sed más profunda para mi vida futura.

Y allí mi amor y mi premio: Que, cada vez que voy a la fuente a beber, encuentro el agua viviente sedienta ella misma; Y ella me bebe mientras yo la bebo.

Algunos de vosotros me habéis juzgado orgulloso y exageradamente esquivo para recibir regalos. Soy, en verdad, demasiado orgulloso para recibir salario, pero no regalos. 

 Y aunque he comido bayas entre las colinas, cuando hubierais querido sentarme a vuestra mesa. Y dormido en el pórtico del templo, cuando me hubierais acogido gozosamente. 

 ¿No fue acaso vuestro cuidado amante de mis días y mis noches el que hizo la comida dulce a mi boca y ciñó con visiones mi sueño?

Yo os bendigo aún más por esto. Vosotros dais mucho y no sabéis qué dais. 

Verdaderamente, la bondad que se mira a sí misma en un espejo se convierte en piedra. 

 Y una buena acción que se llama a ella misma con nombres tiernos se transforma en pariente de una maldición.

 Y otros, entre vosotros, me han llamado sin palabras, diciendo: “Extranjero, amante de cumbres inalcanzables, por qué habitáis entre las cimas, donde las águilas hacen sus nidos? 

 Por qué buscas lo inobtenible?

 Y el creyente fue también el escéptico. 

 Porque yo he puesto mi dedo a menudo en mi propia herida para poder creer más en vosotros y conoceros mejor. Y es con esa fe y ese conocimiento que os digo: 

 No estáis encerrados en vuestro cuerpo, ni confinados a vuestras casas o campos. 

 Aquello que en vosotros habita sobre las montañas y pasea con el viento.

 Vago y nebuloso es el principio de todas las cosas, pero no su fin. Y yo desearía que me recordarais como un comienzo. 

Yo desearía que recordarais esto al recordarme:  Aquello que parece más débil y turbado en vosotros es lo más fuerte y lo más determinado.

 Miró a su alrededor y vio al piloto de su barco de pie ante el timón y mirando, ora a las henchidas velas, ora a la distancia. 

 Y dijo: 

 Paciente, más que paciente, es el capitán de mi barco. 

 El viento sopla y las velas están inquietas. Aun el timón solicita una ruta. 

 Y, sin embargo, tranquilamente, mi capitán espera mi silencio. 

 Y esos mis marineros, que han oído el coro del inmenso mar, tienen que oírme pacientemente. 

 Pero no esperarán ahora ya. 

 Estoy presto. 

Adiós, pueblo de Orfalese. 

 Este día ha terminado. 

 Se está cerrando sobre nosotros como un nenúfar se cierra sobre su propio mañana. 

 Guardamos lo que aquí nos ha sido dado,  Y, si no es suficiente, nos reuniremos de nuevo y juntos tenderemos nuestras manos hacia el dador. 

 Un momento, un momento de descanso en el viento, y otra mujer me llevará consigo.

 Adiós a vosotros y a la juventud que he pasado con vosotros. 

 Fue ayer que nos encontramos en mi sueño. Pero ahora nuestro sueño se ha ido y ya no es la aurora. El mediodía está sobre nosotros y nuestra somnolencia se ha cambiado en día pleno, y debemos separarnos.

 Diciendo así, hizo una seña a los hombres de mar e, inmediatamente, ellos levaron anclas, soltaron las amarras y se movieron hacia el este. 

 Y un grito nació de la gente, como de un solo corazón. Sólo Almitra estaba silenciosa, siguiendo al barco con los ojos hasta que se desvaneció en la niebla.

 Y, cuando toda la gente se dispersó, ella todavía estaba sola sobre el muro que da al mar, recordando en su corazón lo que él dijera: 

 “Un momento, un momento de descanso en el viento, y otra mujer me llevará consigo.”

Kalil Gibran

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