La elección

 


Existen los padres pianistas con hijos pianistas. Y existen los padres pianistas con hijos plomeros. A veces, ese gusto personal que el padre pretendió enseñarle con insistencia a su hijo provocó que el hijo decidiera hacer otra cosa. Es decir, nada está asegurado en cuanto a elecciones de vida, gustos, oficios, profesiones ni modos de vida.

Pero uno entre tantos, y no se sabe la razón, desde niño lo tiene más o menos claro. Podés decir que es el destino, Dios o la reencarnación de alguien; cualquier excusa está permitida, porque no importa. Lo importante es que desde niño o muy jovencito ya decidió qué hacer y, con los años, decidirá quién ser.

Si ese niño fue apoyado, aunque fuese de manera limitada, fue apoyado. Sin duda fue un niño que se crió entre gente que confiaba en él, y eso es fundamental. Sin embargo, a medida que crece, ya no puede depender de que los demás crean en él; tiene que empezar a creer en sí mismo.

Llega un momento en que el niño ya no es niño; creció y tiene que tomar nuevas decisiones y hacer ciertos sacrificios: horas y horas y muchas más horas de ensayo, estudio, práctica, clases. Mientras otros se divierten, salen y hacen "cosas de jóvenes".

De niño era el niño raro porque no jugaba al fútbol por quedarse en casa tocando la armónica; de joven, era considerado el raro que no salía los fines de semana por quedarse a tocar la misma armónica.

Eso lo llevó a tener cierto estilo de vida diferente al común, algunas ideas distintas a la media que lo rodea, unas costumbres, actitudes, aptitudes y gustos que los demás no entienden.

Para vivir de acuerdo a esa elección (la que sea), es necesario mucho más que tocar bien un instrumento o lo que sea. Se necesita una fuerte convicción y no solo un convencimiento de lo que querés ser, cómo querés ser y de lo que pretendés lograr.

No es fácil dedicarse a algo que la mayoría no hace. No es divertido ser señalado toda la vida porque preferís aprender latín que ver una final de Mundial de fútbol. No es sencillo ir a practicar, estudiar, entrenar solo en invierno, o no salir con los amigos. Pero igual lo hacés, porque sentís que eso es lo correcto para tu vida.

Lo lindo de todo esto es cuando llegás a viejo, y como pudiste, hiciste lo que sentiste, mientras otros también lo sintieron, pero no lo hicieron... o peor, ni siquiera sintieron el llamado. No un llamado divino, sino el llamado interior de ser alguien y no algo.

Lo lindo de todo esto es cuando llegás a viejo y estás contento porque lo conseguiste, a pesar de ellos.

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