La duda
En mi juventud, tenía las "cosas" mucho más claras y decididas que en mi adultez. Yo tenía catalogada cada situación y sabía exactamente qué lugar ocupaba cada una y dónde la iba a ubicar.
Para mí, todo era sí, no, quiero, no quiero, voy, no voy, me gusta, no me gusta, etc. Era mucho más fácil vivir así, en lugar de pensar y repensar en cada situación y ver que, entre el día y la noche, también existe la tarde... y la media mañana... y la media tarde.
Así como los colores tienen gamas entre uno y otro, y con la mezcla de dos colores se puede formar un tercer color, cuando aprendí esto, me di cuenta de que la vida y sus circunstancias son mucho más amplias que un simple sí o no. A veces puede ser sí y no al mismo tiempo.
Al crecer, aprendí a dudar. Primero, dudo de mí mismo, pero lo hago como un ejercicio mental. No dudo si tengo que hacer algo, dudo sobre cómo puedo hacerlo mejor. No dudo si tengo que ayudar, dudo sobre cómo puedo ayudar mejor. No dudo sobre mí, dudo sobre cómo mejorar.
La duda no me paraliza, la duda me motiva a pensar, a mejorar, a cambiar.
La falta o el exceso de duda puede traer dos grandes problemas, diametralmente opuestos:
1) Tienen un gran problema aquellos que no dudan, que están siempre seguros de todo.
2) Tienen un gran problema aquellos que dudan de todo y de todos. Dudan tanto que se paralizan.
Yo era un joven de "sí" y "no" rápidos; hoy soy más de "quizás" y "tal vez". Me enamoré del "depende", pero no por un relativismo cómodo y sin compromiso, sino como una posibilidad de saber más del contexto para tomar una decisión, ayudar a alguien o lo que sea.
Dudar no es estancarse. Dudar no es tener miedo. Dudar no es desconfiar.
No hay que confundir dudar con tener miedo. Si la duda, en lugar de impulsarme a mejorar me estanca, eso no es una duda...es miedo.
Dudar es ser libre de pensar y poder cambiar. Dudar es actuar de la mejor manera posible.

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