Hablemos del pasado
Muy fácil se dice: el pasado está muerto, no te preocupes del pasado, el pasado ya pasó, pasado pisado y mucho más.
Ojalá todo fuera tan fácil. Si todo fuera una cuestión de desearlo, decirlo, pensarlo, todos estaríamos delgados, sanos, equilibrados y nada envidiosos. Pero la vida es bastante más compleja, y con repetir una frase no solucionamos nada.
Porque, además, el pasado no está muerto. En nuestro pasado viven nuestras primeras caricias, primeras vergüenzas, primeros todo. En nuestro pasado se encuentran los cimientos de lo que hoy somos, para bien o para mal. Entonces, no está muerto, vive en nosotros, con mucha presencia, no importa la edad que tengamos.
Lo que sí es cierto es que no puedo modificar el pasado, pero sí aprender de él para mantener lo bueno o intentar mejorar lo no tan bueno. Tampoco es fácil, porque cambiar actitudes malas del pasado no se soluciona con un corte de pelo. Debo aprender a romper patrones muy grabados en mí, para luego, de a poco, intentar decir que sí a lo que antes decía no y viceversa.
Lo que nos pasa con el pasado es que tampoco es como lo recordamos. Capaz que un hecho lo recordamos como algo vergonzoso y los demás ni se acuerdan o no le dieron ninguna importancia, y uno vivió 20 o 30 años con esa incomodidad, para luego enterarse de que no fue tan importante para el resto... pero mientras tanto, vos lo viviste como llevando un ancla encima.
El pasado no está muerto. Nada muere hasta que nosotros demos nuestra última exhalación.
Lo que podemos hacer es conocer nuestro pasado, enfrentarlo e intentar ver con ojos de hoy cómo fui, qué hice, qué me pasó, qué decidí. Cuanto más lo conozca, menos sorpresas me dará.
En lugar de intentar mantener el pasado en una habitación a oscuras, es mejor visitarlo, dejar que entre "luz", conocer cada rincón, abrir alguna ventana y que entre nuevo aire.
Yo soy este, porque fui aquel.
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Gracias por leer.

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