Bar La Esmeralda
Bar La Esmeralda, Avenida Córdoba 3289, Buenos Aires: muchas horas de mi juventud pasaron acá. Era un bar, pero era mucho más que un bar. Era "nuestro" bar, era el punto de encuentro, el lugar donde se arreglaban los corazones rotos o donde conseguías un mecánico o plomero de confianza. No era un bar...era EL BAR.
Ahí estaba yo, entre amigos y soledades, entre charlas eternas y lecturas interesantes, entre noches y días, entre comentarios, chistes, opiniones y profundos silencios, entre políticas, filosofías, películas, músicas y músicos, todo eso acompañado de café.
Nos atendía "el Tucu". Nunca supo nadie cómo se llamaba. Un día, Marcelo, del grupo de amigos, lo llamó Tucu porque le pareció tucumano. Y el mozo nunca se opuso al apodo.
Éramos seis los fijos (Manuel, Javier, Marcelo, Gabriel, Anibal y yo) que siempre ocupábamos la misma mesa junto a la ventana, menos en invierno porque entraba mucho frío. Pero muchas veces duplicábamos y triplicábamos el grupo, ya que venían novias o amigos de los amigos.
Un día, cerca de las votaciones al regreso a la democracia en Argentina, el tema del momento era: ¿A quién vas a votar? Todos hablaban de lo mismo. Cuando "el Tucu" nos trajo los respectivos cafés, Javier, que era el más politizado de todos, le preguntó: Tucu, ¿a quién votás?
Y "el Tucu" respondió: Yo no voto, soy de Salto... Soy uruguayo.
Luego de dos años viéndolo, mínimo, un par de veces a la semana y llamándolo Tucu, se podrán imaginar que lo seguimos llamando Tucu.
Las horas en La Esmeralda transcurrían de diferentes maneras, no había una constante. A veces se iban volando y otras veces eran interminables; eso sin duda dependía más de la compañía y la actividad.
Noche eterna fue aquella, cuando los amigos habían cumplido los 18 años y en cierta noche del año se hacía el sorteo de si entraban o no a la colimba durante un año. Y hacía muy poco que había pasado la guerra de Malvinas.
La colimba era el servicio militar obligatorio. Se le llamaba colimba porque era lo único que aprendías: CO LIM BA = CORRA LIMPIE BARRA.
La tradición amistosa indicaba que todos los amigos y novias se juntaban a escuchar en una radio portatil el sorteo, por el número de la cédula. Y había que esperar a que saliera o no el número. Si no salía, se salvaba del servicio militar, pero si salía, tenía que ir a un examen médico.
Ese sorteo era eterno, duraba toda la noche y no era una salida agradable, pero como amigos había que estar.
En La Esmeralda aprendí sobre autores, músicas y amistades. Comencé a escribir y a defender mis ideas. Conocí gente, buena y de la otra, simpática y de la otra.
La Esmeralda no fue una escuela, como dice el tango. Para mí fue un curso de posgrado, entre tantos otros que hice en otros lugares que ya contaré.

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